Carisma

Retablo del Carisma concepcionista

RETABLO DEL CARISMA CONCEPCIONISTA

TEMA:

Cuando Pablo VI hablaba del camino de la verdad y del camino de la belleza, como sendas que confluyen en María, nos estaba invitando a captar la síntesis entre teología y arte. Así artistas de todos los tiempos han querido plasmar esto de las más variadas formas.      

El Carisma concepcionista, que encuentra en María Inmaculada su manantial, acudió al lenguaje simbólico, tejiendo en el escudo congregacional sus elementos genéricos: Dios, María, el mundo… con una integración armónica, que le imprime un sello específico. Era el camino de la verdad, que busca suscitar la belleza en lo más intimo de los sentimientos.      

¿Por qué no hacer el camino inverso: detenerse en la contemplación estática de la belleza, mostrando con lenguaje poético la hondura de la verdad, camino de la reflexión teológica? Así nació este cuadro, suma de altorrelieve y bajorrelieve, de luz y color, que nos muestra la síntesis armónica de la contemplación del misterio de la Trinidad y de la humanidad, a través del puente de María Inmaculada. 

LA COMPOSICIÓN:

Los elementos del cuadro se distribuyen, en principio, en una composición circular que se inicia en la parte superior, con las alas extendidas del Espíritu y los brazos del Padre abiertos en amplio gesto creador, teniendo como fondo el azul de la luz increada. El círculo se completa, en la parte inferior, con una plataforma cuyo color terroso la identifica con el mundo.      

En esta zona de tierra se sitúan un grupo, formado por mujeres, hombres, niños, “de toda raza, lengua y nación”, que forman un semicírculo abierto en su parte superior, como un arco de herradura invertido; su centro está marcado por una espiga y un racimo de clara resonancia eucarística.      

Una línea, a modo de diámetro vertical, los une atravesando el centro y forma un trazo de luz descendente, en contraste con el azul de la inmensidad sin límite. Aquí la luz adquiere el tono dorado indicador de la presencia divina: “y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).      

Sobre esta luz emerge, en el centro, el anagrama AM. Junto a él, en la misma zona intermedia, la imagen de María. Resalta la conjunción de manos y de miradas entre Ella y M. Carmen, y de todos hacia ellas.      

Diversos elementos iconográficos indican la referencia al Misterio de la Mujer Inmaculada, Madre de Dios. Uno, la cabeza de la serpiente bajo el pie derecho de María, que aplasta su cabeza, la presenta como nueva Eva, en referencia directa al primer instante de su concepción. Otro, recuerda la azucena que tradicionalmente se coloca junto a Ella en el momento de la Anunciación, como elemento alusivo al valor de su virginidad intacta; pero, curiosamente, aquí se ha colocado a sus pies, subyugada como la luna de Apocalipsis 12, subrayando el valor de la maternidad que se funde con su virginidad. María aparece, además, en pie sobre la nube de la presencia divina y envuelta en su luz: “vestida de sol…”

LA CONTEMPLACIÓN:

El carisma concepcionista nos fue otorgado, en la Iglesia y para la Iglesia, a través de una intensa y particular experiencia del Espíritu, vivida por Carmen Sallés. Ella misma advierte que esta experiencia es, ante todo, trinitaria: “todo don perfecto nos viene de la Trinidad”.      

La contemplación de Dios Padre-Madre, que en la imagen extiende sus brazos creadores y abre las manos providentes, nos induce a confiar en Él con el abandono de quien se sabe amado, protegido: “como el niño pequeño se deja guiar por su madre, así nosotros, abandonémonos…”      

En la confluencia de esos brazos abiertos, extiende sus alas el Espíritu de Amor, del que brota la Gracia como fuente de vida, pues “sin la gracia de Dios, nada bueno lograríamos hacer”.      

Colocadas a ambos lados del anagrama, nos encontramos con dos mujeres, pero a diferente altura. No sólo se miran, sino que sus manos confluyen respectivamente hacia el anagrama, símbolo carismático por excelencia. La mano de María, entrega. La mano de M. Carmen, acoge. Las dos son transmisoras, intermediarias: María Inmaculada mensajera de Dios; Carmen Sallés, mensajera de María Inmaculada. “A la que habéis mirado siempre como a vuestra verdadera fundadora y de la que yo no he sido más que un instrumento inútil”.      

A través de ambas, el mensaje del amor providente, de la ternura de Dios para con sus hijos, tiene como destinatario el mundo entero. En el grupo está explicitada la familia concepcionista donde se proyectan carisma y misión: “labrar la felicidad de las familias y de los pueblos, mediante la educación cristiana”. En el ámbito del colegio y la familia las miradas se entrecruzan y las manos se unen en la misión.      

El juego de las miradas entre todos los integrantes del cuadro, nos sugiere la frase de M. Carmen: “Levantad a Ella la mirada”.      

Se nos indica claramente que se trata de una “familia de familias”, en torno a la mesa eucarística, y no limitada a un “aquí y ahora”. M. Carmen y la religiosa que la acompaña, ponen de manifiesto dos momentos diferentes, que se prolongan hacia el futuro en el seno de la mujer que se nos muestra en estado de gestación. Igualmente nos hablan, nos interpelan las diferencias de edad, de sexo, de raza…     

 “Id y enseñad” es la urgencia de evangelizar educando, grabada al pie del cuadro, abarcando a todos sus integrantes, cada uno desde el lugar que en él le ha correspondido.

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